En octubre de 2025, Sanae Takaichi hizo historia al convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra en la historia de Japón, al ser elegida por la Dieta Nacional, Parlamento japonés, y liderar desde entonces el Gobierno de Japón.
Su nombramiento ha marcado un hito en un país donde la política ha estado tradicionalmente dominada por hombres y donde las mujeres representaban solo alrededor del 16 % de los escaños parlamentarios antes de su elección.
¿Realmente es un cambio para igualdad?
Antes de poder responder a esta pregunta, vamos a conocer un poco más a Takaichi.
Nacida el 7 de marzo de 1961 en Yamatokōriyama, en la prefectura de Nara, Takaichi se graduó en Administración de Empresas por la Universidad de Kobe. Antes de entrar de lleno en la política, trabajó como autora, asistente legislativa y presentadora, lo que le dio una base sólida en comunicación y políticas públicas.
Su carrera política comenzó en 1993, cuando fue elegida por primera vez a la Cámara de Representantes como independiente, sin pertenecer oficialmente a ningún partido político. Poco después se unió al Partido Liberal Democrático en 1996, el PLD es el partido conservador de centroderecha fundado en 1955 que ha gobernado Japón la mayor parte del tiempo desde la posguerra.
Durante décadas, Takaichi ocupó cargos clave en varios gabinetes, incluyendo dos etapas como Ministra de Asuntos Internos y Comunicaciones y como Ministra de Seguridad Económica.
Como podemos ver, se trata de una profesional de gran trayectoria y sobradamente preparada para ocupar su cargo. Pero ¿es eso suficiente para que las mujeres en Japón perciban avances reales en materia de igualdad dentro del gobierno de su país?

Aunque su llegada al poder podría interpretarse como un hito simbólico, Takaichi no se define como feminista y, de hecho, se opone a varias de las reivindicaciones centrales del movimiento en Japón.
Entre ellas, la posibilidad de que las mujeres conserven su apellido tras el matrimonio si así lo desean; tampoco plantea medidas que permitan a las madres conciliar la vida familiar y laboral sin verse obligadas a renunciar a una de las dos, y se ha mostrado contraria al matrimonio igualitario.
En este contexto, su liderazgo no parece orientado a cuestionar las barreras estructurales que limitan el acceso de las mujeres al poder. Más bien al contrario: su trayectoria política sugiere que, una vez alcanzada esa posición, no pretende facilitar que otras lleguen detrás.
No deja de ser significativo que en su propio gabinete solo haya nombrado a dos ministras de un total de diecinueve, una cifra incluso inferior a la de anteriores gobiernos encabezados por hombres.
Baterista de heavy metal… y política de peso
Más allá de su trayectoria política más convencional, Takaichi también ha llamado la atención por una faceta personal poco habitual entre dirigentes de alto rango: su afición al heavy metal y su pasado como baterista. Este detalle, recogido por distintos medios internacionales, ha contribuido a perfilar una imagen pública más llamativa y menos encorsetada que la de muchos políticos tradicionales.
En cierto modo, encaja con una estrategia muy reconocible del soft power japonés: proyectar una imagen “cool” y atractiva hacia el exterior. De este modo, la prensa internacional tiende a poner el foco en ese rasgo singular —la política amante del metal— antes que en otros aspectos de mayor peso político, como el carácter marcadamente conservador de sus posiciones.

¿Quién inspira políticamente a Takaichi?
Políticamente, Takaichi se sitúa en el ala más conservadora del espectro japonés. Mantiene además estrechos vínculos con figuras como el fallecido primer ministro Shinzo Abe, a quien también vimos recurrir al soft power como herramienta para proyectar una imagen más amable de Japón hacia el exterior —quizá el ejemplo más visible fue su protagonismo simbólico en la ceremonia de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020—.
Takaichi tampoco ha ocultado su admiración por líderes conservadores internacionales como Margaret Thatcher. En este contexto, cabe preguntarse si su figura acabará siendo presentada como una nueva “dama de hierro”; o, tal vez, una “dama de acero”, si quisiéramos adaptar el apelativo a su contexto japonés.

En conclusión…
Esta alta tendencia al conservadurismo responde a cualquier duda que tengamos, no solamente no cambiará para mejorar los derechos de las mujeres japonesas, si no que abogará por mantener las cosas como están. ¿Y cómo están de mal? Antes de terminar os pongo en contexto con algunas leyes que vulneran directamente los derechos de las mujeres en Japón.
Según el Artículo 750 del Código Civil japonés, la pareja debe compartir el apellido, en el 95% de los casos, la mujer adopta el del hombre, ya que es lo tradicional, aunque se lleva años buscando tener doble apellido, como en España. Al perder el apellido de soltera, se vulnera la identidad propia y el individualismo de la mujer.
Hasta abril de 2024, el Artículo 733 del Código Civil japonés, sólo las mujeres deberían esperar al menos 100 días después del divorcio para volver a casarse. Aunque se consiguió abolir, algunas regiones aún se siguen poniendo trabas y esta abolición está en peligro con el hecho de que Takaichi quiera volver a valores (aún más) tradicionales en Japón
En Japón se puede abortar, pero no por libre elección, la Maternal Protection Law (母体保護法) indica que solamente se puede abortar si: ha sido víctima de violación, si el embarazo vulnera gravemente la salud de la mujer o si está en extremo estado de pobreza, pero, siempre con el consentimiento del marido.
Con todo esto y sabiendo la tendencia al conservadurismo de Takaichi…definitivamente no, no podemos esperar mejoras de corte feminista en el gobierno japonés de una mujer que «se considera política antes que mujer«
